CAPITULO 5
Los metros hasta la calle enredadera se le estaban haciendo eternos, entre la desgana que le abatía y los efectos de los bacardis y los somníferos la cosa iba a peor por segundos. Ya ni tan siquiera veía nítida la situación, las caras de las personas las veía borrosas y no tenía nitidez hasta que casi los tenía a un palmo de vista. Había sido una mala decisión cambiar aquella noche sus hábitos de vida, sin duda alguna un craso error. Luis se detuvo en seco mientras intentaba ver las agujas de su reloj que parecían haberse propuesto no quedarse quieta. Ahora entendía aquel aviso de los prospectos que dicen no mezclar bebidas alcohólicas con medicamentos, menuda razón que llevaban. Se esforzaba por agudizar la vista en las agujas, entrecerraba los ojos achinándolos como si aquello le supusiera un enorme esfuerzo. Menuda mierda. Las agujas se burlaban de él, puesto que le parecía que marcaban las nueve menos cuarto, o su reloj se había parado y ni se había dado cuenta o su mente le estaba jugando una mala pasada. Reanudó la marcha, casi deambulando, en una de las calles, a su izquierda pudo ver una máquina expendedora de botellas de agua, sin dudarlo se acercó a ella e introdujo una moneda para sacar una. Nada más la tuvo en su mano se bebió casi la mitad de un sorbo y la otra mitad se encargó de esparcirla por su cara. Ahora estaba mejor, ahora lo veía todo un poco más claro. Ahora podía ver los rostros de las personas al menos a 10 metros de distancia y no que antes parecía fantasmas con piernas que deambulaban tranquilamente por el centro de la ciudad.
Por fin llego a la esquina con la calle enredaderas, parecía que no iba a llegar nunca. Miró hacia delante y se le electrizó hasta el último vello de su nuca, a unos 15 metros por delante suya estaba aquel chico del banco de la plaza, al que se había quedado mirando. Seguramente le habría pasado cuando se paró a tomar agua. Aquel malnacido ya le había hecho alguna que otra vez una de las suyas. Con su cara de niño bueno, de no haber roto un plato, no era más que un gran hijo de puta en el cuerpo de un niño de unos 18 años. Luis se agarró su costado intentando asir una de esas costillas que con su amable patada le rompió hará ya cosa de dos años, cuando después le robaron en su casa. Eran menores por aquel entonces, nadie les hizo nada, sólo tuvieron que limpiar la plaza del barrio, que ellos mismos ensuciaban, y con eso se dio por hecho que se había arrepentido. Les obligaron a devolverle lo sustraído y poco más. Pero para aquellos sinvergüenzas él era vulnerable y eso no podría devolvérselo nadie, nadie podía devolverle aquella dignidad perdida en esa tarde de verano, en la que la sangre de su nariz bañaba los adoquines de la calle de la espalda de su bloque. Nadie se la podía dar excepto él mismo. Hoy tenía que ser el día en que se recuperara. Había decidido cambiar aquella noche, había decidido dejar de ser aquel hombre solo, triste y abatido que había sido durante 45 años. Sentía la necesidad de ser feliz y esta noche lo iba a ser, y parece que el destino le iba a dar la oportunidad de resarcirse, al menos en lo que a su dignidad se refiere.
Como si de un detective se tratase comenzó a seguir a aquel joven, agazapándose detrás de las personas, esperando que no le descubriese o todo el plan se podría ir al traste, tenía que cogerle desprevenido y recordarle todo y cada uno de los insultos que le había dicho, recordarle aquel mes en cama esperando que sus costillas consolidaran, el bochorno de saber todo el barrio lo que le habían hecho y que lo comentaran, en los bares y hasta en la panadería.
Pero… ¿qué iba a hacer él? No tenía fuerza suficiente para poderle doblegar, ni tampoco llevaba nada pero reducirlo y daba por seguro que aquel elemento llevaría algún tipo de arma encima, bien de fuego, blanca, algún puño americano… algo llevaría para hacer esas “macarradas” con las que tanto disfrutaban. ¿Cómo iba a reaccionar? Luis tampoco quería hacerle nada, sólo asustarlo y demostrarle que no se pude ir por la vida amedrentando a las personas, porque todo tiene un momento y ese momento es cuando te encuentras a alguien que está igual de loco que tú pero que tiene aún menos que perder. Y precisamente aquí ninguno de los dos tenía nada que perder.
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